PeSto, I love you.
El pesto está subestimado, hay que decirlo de una vez, señores. Es una pequeña maravilla repleta de posibilidades, relegada una y otra vez al mismo aburrido cajón: el pesto, para los fideos -ni siquiera un aventurarse hacia otras pastas-; el pesto, tres ingredientes fijos.
Rescatémoslo de este duro exilio, hagámosnos un bien. Primero y principal, es un compañero espectacular para un montón de platos distintos. Levanta el nivel de lo más sencillo, lo más neutral, transformándolo en un sabor complejo con un sólo movimiento: ése que va del frasco al plato con una cuchara bien cargada.
Además, a diferencia de madre, pesto no hay uno sólo. Existen un montón de variables posibles, con distintas hojas verdes, agregando fruta seca, variando el aceite, hasta vegano puede hacerse y va a tener igual bastante fidelidad al pesto tradicional. Desafío al más pintado a reconocer la diferencia en la mesa.
Haciendo click aquí, siguen una cantidad de pestos posibles (“los pestos posibles”, lindo nombre para una banda eh), y de aplicaciones varias que quizás no tenían en mente. Que aproveche.
Budín tierno de peras frescas. La obsesión toma caminos misteriosos…
De a poco, vengo incursionando en la cocina dulce un poco más respostera, más pasteleramente. Siempre con un estilo un poquito de coté, tratando de no usar harina, de evitar los lácteos, o los huevos, o por lo menos la bomba de combinarlo todo junto. Y sin azúcar.
Hasta acá todo muy lindo. Las primeras recetas que saqué por este camino quedaron muy ricas, muy bonitas… y bastante caras. La harina de almendras no crece entre los yuyos, el nutella casero no es exactamente regalado y los dátiles en tremendas proporciones son una pequeña fortuna. Así que esta vez, me pegó la obsesión de encontrar alguna cosita dulce más apta para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama.
La encontré, y me encantó. Este es un budín de peras frescas, con avena y harina de garbanzos. Les juro que los garbanzos no se sienten, queda húmedo y tierno, suavecito. Yo lo hice en una tartera y salió chatito, para servir en cuadraditos; pero en un molde de budín quedría pintado. Para los empedernidos, con una untada de dulce de leche debe ser la gloria. Y para los más dogmáticos, en la otra esquina del ring, se puede hacer vegana impoluta, sin miel…
Qué emoción. Es la primera vez que horneo una torta, y sigo una receta de repostería al pie de la letra. Excepto que, ejem, modifiqué casi todo…
Pasó así. Encontré una receta de torta - budín de dátiles hermosísima. Sin harinas, ni lácteos, encantadora y prometedora. El tema es que con tantos dátiles y tantas almendras, requería un presupuesto bastante alto. Y, como primera experiencia de horneado por mano propia, digamos que corría un serio riesgo de bancarrota y quiebra con pocas probabilidades de que mis acciones coticen en el plato.
Así que empecé. Un poquito por acá, un retoque por allá. Que mitad harina de almendras y mitad harina de algarroba. Que un poquito menos dátiles y en cambio otro poco de ciruelas. Cuando me quise dar cuenta, había reescrito la receta antes de probarla, y como novata total en el horneado de tortas. Una mocosa insolente.
Suerte de principiante: salió genial. Obviamente no se parece en nada a la torta que planeaba hacer (con tanto cambio, hubiera sido una rareza científica), pero está buenísima y se merece una tira de fotos así, de frente y de cada perfil. Es negrita y compacta, con un sabor al tono: contundente, denso, untuoso. Una porción así chiquita te deja pipón toda la tarde, y con alguna mermelada ácida o un poco de queso crema llega a ser genial . Después de un par de meriendas me di cuenta a qué se parece: es una hermana de la torta galesa, también húmeda y oscura, con sabor a frutas secas. Ya que estamos comparando, es más untuosa y chocolatosa, pero anda cerca.
La receta está por acá. Ustedes pueden cambiarla con absoluta confianza. En una de ésas, quién te dice, reinventan la original y me cuentan cómo queda.
Estos pequeños marcianos se llaman Mung, y una nueva colonia llegó ayer a mi hogar.
Aunque más no sea por lo lindos que son, pensé enseguida que iiba a tener que hacerles lugar en el post de la despensa. Pero después de pasar una nochecita en remojo (ellos, no yo), se ganaron su propio espacio con estas hamburguesas.
Los porotos Mung son bonitos, son ricos y están llenos de propiedades. Cosa fácil si las hay, las hamburguesas que preparé con ellos quedaron espectaculares con un poquito de limón justo antes de comer. Además, estrené con ellos una fórmula mágica y misteriosa: el reemplazo del huevo por linaza. ¿Suena marciano? Bien. Pega con los Mung…
Para cocinar hace falta tiempo, ése es el argumento más frecuente de quienes escapan de las ollas. Comer -y preparar menúes más o menos saludables- también requiere algo extra de dedicación, de energía. Las dos cosas son indiscutibles: lleva tiempo, y trabajo. Yo elijo hacerme ese espacio cada vez que puedo, con toda alegría, per che me piacce… (sigue).
Pero, por otro lado, cocinar no lleva necesariamente taaaanto tiempo, ni tanto trabajo. Depende mucho de lo que uno decida hacer, y depende también, en gran medida, de lo nutrida que esté la alacena en casa. Una reserva completita de frascos, paquetes y conservas en los estantes todo lo cambia, y yo aprendí que así puedo pasarla mucho mejor, cocinar cuando tengo ganas y tiempo, y no complicarme tanto la vida como uno podría creer. Es cuestión de organizarse y aprender qué favoritos hay que tener siempre. Yo descubrí los míos después de un tiempo (más aún, sobreviviendo unos cuantos meses de macrobiótica, una de las dietas más quisquillosas y pedigüeñas en los dos factores de tiempo y dedicación… una experiencia inenarrable). Grandes atenuantes de ese lamento boricano “ay, no me dan las horas, ay, me cansé”
Así que se me ocurrió hacer un paneo por esas cosas que siempre están, que vuelvo a comprar antes de que se acaben, que nunca faltan. Ingredientes básicos que salen a diario para cocinar parecido a las recetas que están acá. Si la cámara me sigue…
Galletas de avena y fontina con zucchini oculto: un crack.
Vamos a ser francos: toda la onda la pone el queso. Está fantástica la avena, divino el zapallito y un encanto las especias. Pero cuando aparece un fontina así, picante pero no tanto, con gusto pero sin olor a pata, un queso con todas las letras, ya está todo dicho. Hay que ser muy obstinado para arruinarlo.
Lo más lindo del asunto es que en proporción, no usé tanto queso. Voy a apiadarme de ustedes y ahorrarles todas las moralejas al respecto, esas rutinas desagradables al mejor estilo ”lo barato sale caro”. Mejor vamos con la receta de estas cookies de fontina, sin harina como de costumbre, por aquí.
Van a encontrar muchas recetas de “muffins” por acá que son un poco mentirosas. Pero con buena intención… una mentirita blanca, una licencia poética para habilitar ese nombre tan seductor a una cantidad de masitas dulces y tiernas, hechas con mijo o quinoa. Y son riquísimas, eh: la exageración licenciosa no es en cuanto al sabor, pero… todos sabemos que un muffin es un muffin. Un panquecito, una madalena. Algo bastante específico.
Éstos de aquí son auténticos muffins, y sin embargo -retroceder nunca, rendirse jamás- no tienen harina, como de costumbre. Los hice con avena arrollada y mucha pero mucha manzana. Son más fruta que otra cosa, y aún así tienen la consistencia y la forma correcta, gracias al huevo y a la avena. Y a otras cositas que les cuento por acá, en la receta.
Fudge de chocolate. Este blog está depravándose a una velocidad inusitada. Yo les pido disculpas a todos aquellos que esperan, con justa razón, recetas saludables, recetas equilibradas, recetas sensatas con los pies en la tierra. Ésta no lo es.
Sucede que llegaron las pascuas, pesaj, los primeros fríos y una serie de encuentros cercanos con personajes oriundos del hemisferio norte. Y no hay nada que hacer… semejante cóctel explosivo sólo puede significar una cosa: chocolate. Letal, directo al pico de glucosa, en versión completa.
El fudge es un dulce gringo bien gringo, que no se parece demasiado a ninguna cosa de por acá, salvo quizás a una Vauquita, pero de textura más blanda y maleable. Puede ser de distintos sabores, pero la reina del asunto es siempre el azúcar. Esto en sí mismo no me sedujo: esos dulces con gusto “a dulce” me resultan un poco superficiales, por decirlo de algún modo. Como cuando alguna gente mata a puro picante lo que tiene en el plato, hasta que sólo sabe a eso: picante. Yo me tenté haciendo esta prueba, porque junto a ella está el rey chocolate, y entonces sí le confié al sabor.
Quiero que sepan que yo sigo cocinando mis cereales integrales, mis verduras al vapor, mis aderezos livianos con grasas buenas… pero a juzgar por los ojos de quienes probaron este fudge, está bien que transija de vez en cuando. Una pequeña depravación ocasional alimenta el espíritu…
Receta facilísima de fudge de chocolate con avellanas, aquí.
