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Budín tierno de peras frescas. La obsesión toma caminos misteriosos…

De a poco, vengo incursionando en la cocina dulce un poco más respostera, más pasteleramente. Siempre con un estilo un poquito de coté, tratando de no usar harina, de evitar los lácteos, o los huevos, o por lo menos la bomba de combinarlo todo junto. Y sin azúcar. 

Hasta acá todo muy lindo. Las primeras recetas que saqué por este camino quedaron muy ricas, muy bonitas… y bastante caras. La harina de almendras no crece entre los yuyos, el  nutella casero no es exactamente regalado y los dátiles en tremendas proporciones son una pequeña fortuna. Así que esta vez, me pegó la obsesión de encontrar alguna cosita dulce más apta para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama.

La encontré, y me encantó. Este es un budín de peras frescas, con avena y harina de garbanzos. Les juro que los garbanzos no se sienten, queda húmedo y tierno, suavecito. Yo lo hice en una tartera y salió chatito, para servir en cuadraditos; pero en un molde de budín quedría pintado. Para los empedernidos, con una untada de dulce de leche debe ser la gloria. Y para los más dogmáticos, en la otra esquina del ring, se puede hacer vegana impoluta, sin miel…

La receta por acá.

Qué emoción. Es la primera vez que horneo una torta, y sigo una receta de repostería al pie de la letra. Excepto que, ejem, modifiqué casi todo…

Pasó así. Encontré una receta de torta - budín de dátiles hermosísima. Sin harinas, ni lácteos, encantadora y prometedora. El tema es que con tantos dátiles y tantas almendras, requería un presupuesto bastante alto. Y, como primera experiencia de horneado por mano propia, digamos que corría un serio riesgo de bancarrota y quiebra con pocas probabilidades de que mis acciones coticen en el plato.

Así que empecé. Un poquito por acá, un retoque por allá. Que mitad harina de almendras y mitad harina de algarroba. Que un poquito menos dátiles y en cambio otro poco de ciruelas. Cuando me quise dar cuenta, había reescrito la receta antes de probarla, y como novata total en el horneado de tortas. Una mocosa insolente.

Suerte de principiante: salió genial. Obviamente no se parece en nada a la torta que planeaba hacer (con tanto cambio, hubiera sido una rareza científica), pero está buenísima y se merece una tira de fotos así, de frente y de cada perfil. Es negrita y compacta, con un sabor al tono: contundente, denso, untuoso. Una porción así chiquita te deja pipón toda la tarde, y con alguna mermelada ácida o un poco de queso crema llega a ser genial . Después de un par de meriendas me di cuenta a qué se parece: es una hermana de la torta galesa, también húmeda y oscura, con sabor a frutas secas. Ya que estamos comparando, es más untuosa y chocolatosa, pero anda cerca.

La receta está por acá. Ustedes pueden cambiarla con absoluta confianza. En una de ésas, quién te dice, reinventan la original y me cuentan cómo queda.

Estos pequeños marcianos se llaman Mung, y una nueva colonia llegó ayer a mi hogar.

Aunque más no sea por lo lindos que son, pensé enseguida que iiba a tener que hacerles lugar en el post de la despensa. Pero después de pasar una nochecita en remojo (ellos, no yo), se ganaron su propio espacio con estas hamburguesas. 

Los porotos Mung son bonitos, son ricos y están llenos de propiedades. Cosa fácil si las hay, las hamburguesas que preparé con ellos quedaron espectaculares con un poquito de limón justo antes de comer. Además, estrené con ellos una fórmula mágica y misteriosa: el reemplazo del huevo por linaza. ¿Suena marciano? Bien. Pega con los Mung…

La receta, aquí.

Fudge de chocolate. Este blog está depravándose a una velocidad inusitada. Yo les pido disculpas a todos aquellos que esperan, con justa razón, recetas saludables, recetas equilibradas, recetas sensatas con los pies en la tierra. Ésta no lo es.

Sucede que llegaron las pascuas, pesaj, los primeros fríos y una serie de encuentros cercanos con personajes oriundos del hemisferio norte. Y no hay nada que hacer… semejante cóctel explosivo sólo puede significar una cosa: chocolate. Letal, directo al pico de glucosa, en versión completa.

El fudge es un dulce gringo bien gringo, que no se parece demasiado a ninguna cosa de por acá, salvo quizás a una Vauquita, pero de textura más blanda y maleable. Puede ser de distintos sabores, pero la reina del asunto es siempre el azúcar. Esto en sí mismo no me sedujo: esos dulces con gusto “a dulce” me resultan un poco superficiales, por decirlo de algún modo. Como cuando alguna gente mata a puro picante lo que tiene en el plato, hasta que sólo sabe a eso: picante. Yo me tenté haciendo esta prueba, porque junto a ella está el rey chocolate, y entonces sí le confié al sabor.

Quiero que sepan que yo sigo cocinando mis cereales integrales, mis verduras al vapor, mis aderezos livianos con grasas buenas… pero a juzgar por los ojos de quienes probaron este fudge, está bien que transija de vez en cuando. Una pequeña depravación ocasional alimenta el espíritu…

Receta facilísima de fudge de chocolate con avellanas, aquí.

Índice de recetas chocolatosas, aquí.

Hay muchas formas de pasar el invierno. En la cocina, no hay por qué rasgarse las vestiduras, gimoteando por la desaparición de la fruta de carozo y llorando la triste decadencia del tomate. No, señor. A sacudirse las telarañas y las quejas, que la estación trae muchas cosas buenas: es la hora de las sopas, del chocolate, de las naranjas y las espinacas…

Ahora bien, para irse despidiendo de a poquito, o para generar un stock de posibilidades a mediano plazo,  las conservas son la primera opción. Están buenísimas, son divertidas de preparar y no hay nada más lindo que abrir un frasco y sentir olor a durazno de golpe… chiche bombón. Pero no son la única alternativa. Por ejemplo, podés ir hasta la verdulería y pedir ocho atados de albahaca fresca. Sí, ocho, sin temor, ahora que están en precio y más todavía si le ponés cara de buena al verdulero y le decís: dame todos esos paquetes juntos.

Llegás a casa, lavás y escurrís bien, agregás dos o tres dientes de ajo y una cantidad infame de aceite. Como es infame, digamos una taza y media o dos, con aceite de maíz seguimos en actitud ecónoma y de todos modos, es tan aromática la albahaca y tan rico el ajo que no vas a extrañar demasiado el oliva. 

Listo. Procesás, sal, pimienta y a la heladera. Es un pariente del pesto sin queso, que dura muchísimo, y le cambia la cara a un plato de pasta, un arrocito, el pollito de siempre o hasta una humilde papa hervida. Cada vez que abrís el frasco en invierno, con los cachetes fríos y pulover de lana… una ola de verano en la nariz. 

PD técnica: para que dure más aún, es bueno agregar un chorrito de aceite al frasco cada vez que terminás de servirte. Así no queda la albahaca expuesta al aire, que se oxida.